Reflexión: LA EXPRESIÓN DEL AMOR
Sabes que de vez en cuando me gusta compartir contigo algunas de mis reflexiones y llevo días dándole vueltas a un tema: la expresión del afecto.
Me doy cuenta de que existen momentos cotidianos en los que nos sentimos inmensamente felices con la situación que estamos viviendo pero no somos capaces de movernos e interactuar. Es cómo si de repente se levantara un cristal invisible que nos separa de aquello a lo que en realidad nos gustaría llegar de forma diferente. Un cristal que nos protege pero a la vez nos aísla de la vida en ese instante.
Considero que en un momento puntual podemos sentirnos más cómodos disfrutando de una escena como observadores, pero si eso nos sucede siempre ¿no nos estamos perdiendo parte de la vida? ¿Y si además da la casualidad de que siempre nos pasa con la/s misma/s o persona/s?.
Si amamos tanto a alguien ¿Por qué somos incapaces de expresar un “te quiero” directo, natural y claro?
Existen muchas formas de expresar cariño, verbales y no verbales: una caricia, una mirada, un gesto… En un artículo anterior te hablaba sobre el contacto como una forma de comunicación y expresión, puedes leer el post pinchando aquí. En mi opinión una mirada sirve y las palabras nos llenan, pero lo que pone la guinda al pastel es el contacto y es ahí donde a veces nos detenemos. Aunque hoy me gustaría reflexionar sobre ese instante concreto en el que decidimos entre movernos o permanecer inmóviles, hablar o callar.
Qué hace que queramos tras un cristal:
A menudo es el rol que hemos adquirido desde nuestra infancia, o la etiqueta que nos han puesto en un ámbito determinado a lo largo de nuestra vida: la arisca, la mala, la nerviosa, la pesada…
Según el rol que interpretamos, a veces por decisión propia y otras obligados por lealtades, tenemos comportamientos que no corresponden a lo que deseamos en realidad, y en ocasiones llegamos a sentir que ese papel nos ahoga. Si en mi familia no soy considerada cariñosa no podré mostrar libremente cariño, aunque lo desee, por vergüenza ante la reacción.
Muchas veces es también debido a la creencia de que vamos a vivir eternamente y esa persona estará mañana para expresarle nuestro cariño. Aunque sabemos que el tiempo que pasa es irrecuperable, permitimos que la pereza o comodidad nos lleve a renunciar a ese momento por algo que generalmente suele ser más banal pero que en ese instante nos parece de vital importancia.
Esto sucede muy habitualmente con familiares e incluso amistades cercanas, con los que sentimos que van a estar ahí de forma incondicional, que como mañana van a seguir formando parte de nuestras vidas pueden esperar.
En otras ocasiones pensamos, suponemos, que el otro ya lo entiende, esto suele pasar también con familiares, creemos que “saben” que los queremos. Pero el caso es que, aun sabiendo hay tantas maneras de entender el mundo como personas, esperamos que el otro entienda la expresión del amor como nosotros.
Y normalmente ni entienden, ni saben, al menos en la proporción exacta que sentimos ese amor, pero se conforman.
Otras veces es el miedo a la reacción en cadena que esa muestra de cariño puede provocar, algo para lo que nos sentimos faltos de recursos.
Y en ocasiones porque tristemente no es el lugar, ni la persona, donde desearíamos realmente estar y aunque nuestra mente consciente piensa que eso es lo adecuado, nuestro corazón hace tiempo que decidió latir hacia otro lado.
El caso es que ninguno de estos motivos es involuntario, todos dependen de nosotros, podemos modificarlos, y tomar consciencia de ello, como siempre es el primer paso. No hacerlo suele llevarnos a la frustración, que acabará desencadenando en tristeza y la delgada línea entre tristeza e ira ya la conocemos todos.
Se han realizado estudios que prueban que la expresión del afecto, de la forma que sea, mejora nuestro bienestar. Tragarnos el amor tiene justamente el efecto contrario.
Fíjate en que un niño raramente permanece impasible ante cualquier situación, siempre interactúa, expresa como se siente de una forma u otra, porque en él existen pocos prejuicios o ninguno, porque tienen claro lo que desean y van a intentar conseguirlo de cualquier forma sin importarle la reacción del otro. Ellos viven el presente y rara vez dejan de hacer algo pensando en el mañana.
Es indispensable abrir espacios de introspección e intimidad para reflexionar y crecer, pero fuera de esos espacios se trata de vivir y disfrutar todo aquello que amamos.
Te invito a observar qué te sucede con esa persona o en esa situación en la que no participas como quisieras. Aunque no siempre es sencillo y normalmente requiere un profundo trabajo interno: habla si hay algo que aclarar, quítate las etiquetas, pasa de roles, no supongas, deshaz nudos energéticos, rompe barreras, sana, cambia creencias, afronta, acepta…. pasa a la acción VIVIENDO CADA INSTANTE. Y cuando digo vivir me refiero a arremangarte y meterte en la vida hasta las narices, empapándote de ella y sin perderte absolutamente nada de lo que te está ofreciendo.
Y ahora contéstame: ¿crees que aprovechas cada momento, o en algún caso te sientes tras un cristal? Puedes contármelo en los comentarios.


